viernes 10 de abril del 2020

Así como vamos, ¿llegaremos a buen puerto?

Es claro que cada uno de nosotros tendría, para calificar a quien gobierna, parámetros que dependerían de la posición económica, actividad que desarrolla y por supuesto, factor no menor, de su nivel educativo e interés en la cosa pública.

16 de Marzo de 2020

Una expresión coloquial que sin duda usted conoce, útil para calificar positivamente un gobierno, es aquella que sentencia: Este gobierno nos llevará a buen puerto. El mensaje de la misma es tan claro que no requiere explicación alguna. Por el contrario, cuando de lo que se trata es calificar negativamente a un gobierno, aquélla se modifica para quedar así: Este gobierno no nos llevará a buen puerto.

Es claro que cada uno de nosotros tendría, para calificar a quien gobierna, parámetros que dependerían de la posición económica, actividad que desarrolla y por supuesto, factor no menor, de su nivel educativo e interés en la cosa pública.

Finalmente, la suma de los que califican positivamente a quien gobierna se enfrentaría al total de los contrarios el día de las elecciones y, una vez que el ganador esté en funciones de gobernante, el ciclo se repetiría. Así, tan sencillo como eso, es como funciona la democracia.

Ahora bien, aterricemos en el México del aquí y ahora; ¿qué diría usted en términos “marineros”, en relación con el actual gobierno? ¿Se atrevería a afirmar que, dado lo que ve y padece, este capitán y su tripulación nos llevarán a buen puerto? Por el contrario, ¿se atrevería a afirmar que el desenlace de nuestra navegación sería, no otro que un naufragio antes de llegar a puerto seguro y estar a salvo?

Para estar en condiciones de emitir un juicio más o menos objetivo de la ruta que sigue hoy la nave que es México, ¿qué elementos necesitaría usted? ¿Acaso no es suficiente lo que ve y padece? ¿Es posible que el alud de inconsistencias (bandazos) de quien va al timón, nada le diga? ¿No ha tenido tiempo o interés para enterarse del crecimiento negativo de nuestra economía durante el año que hace poco terminó, el 2019? ¿Tampoco para conocer los pronósticos, ya ajustados drásticamente a la baja y en terreno también negativo, a pocos días del fin del primer trimestre del año en curso?

Si lo anterior es materia desconocida para usted, le plantearía entonces otras interrogantes. ¿Se enteró de la caída en la creación de empleos formales frente al número de los creados en el año 2018? ¿Y ha sabido algo del número reducido de los que se espera para el año en curso?

¿Y qué decir, por ejemplo, de los precios de los combustibles y el monto del IEPS para las dos gasolinas y el diesel? ¿No se ha enterado, posea o no automóvil, que este gobierno —desde la segunda semana del año— ha estado cobrando aquel impuesto al tope de lo autorizado por el Congreso dada la carencia de recursos para sufragar, tanto su operación como los programas que llama del Bienestar?

Además, ¿tampoco se ha enterado de los desabastos —que ya lucen crónicos e irresolubles— de medicinas y diversos materiales en los hospitales del sistema público de salud? ¿Tampoco de los bloqueos sistemáticos de las vías del ferrocarril en varios estados por parte de quienes integran, más que organizaciones gremiales, bandas de delincuentes como la Sección 22 y la CNTE, por dar sólo dos ejemplos?

¿Y de la violencia y barbarie en no pocas entidades del país? ¿No ha visto en noticiarios televisivos o en las redes, las imágenes de balaceras y bloqueos en varias ciudades del país? ¿Tampoco las vejaciones e insultos que cotidiana y sistemáticamente sufren los integrantes de las Fuerzas Armadas y la Guardia Nacional, a manos de grupos que se dedican al robo de combustible?

Si lo anterior, entre muchos otros factores que hablan de una navegación accidentada por decir lo menos, le es completamente desconocido, le preguntaría: ¿No vive usted en el México de aquí y ahora? ¿Acaso es un residente de Noruega, Suecia o Canadá?

Para complementar el panorama apretadamente descrito en párrafos anteriores y el papel omiso y errático del gobierno (capitán del barco y su tripulación), le doy una frase pronunciada por el entonces presidente López Portillo quien, al rendir su informe el año 1982 (de no fallarme la memoria) dijo: “Soy responsable del timón, no de la tormenta”.

¿Podríamos hoy, sin olvidar las evidentes diferencias de tiempo y condiciones y también las que hay entre ambos presidentes —aun cuando su apellido fuere coincidente—, justificar la indolencia actual con el falso y tramposo argumento exculpatorio esgrimido por López Portillo, hace 38 años?

¿Qué dice entonces? ¿Llegaremos o no a buen puerto? ¡Anímese, deje el miedo a un lado y responda!

Ángel Verdugo