martes 14 de julio del 2020

Poner fin a la politiquería

En un país como lo es México, con elevados índices de rezago social y limitado acceso a la educación, a lo largo de muchos años se crearon las condiciones propicias para la proliferación de una clase política «sui generis», cuyas principales características han sido la simulación y el ejercicio despreciable de la política; la politiquería.

Lo mismo de un partido que de otro, el político mexicano próspero ha utilizado como método escalafonario cualquier recurso, con excepción de la capacidad política y el conocimiento en la administración pública. Así, aquéllos que han conseguido escalar posiciones de poder, se han valido del influyentismo, el compadrazgo, la adulación y la traición, antes que de su oficio en la consecución del bienestar del pueblo.

Por regla general, los cargos solían repartirse entre quienes demostraran mayor «lealtad al proyecto» sin importar la experiencia o el perfil, pues bastaba con garantizar la pleitesía y la institucionalidad sin objeción una vez que el superior diera «línea».

De igual manera, las candidaturas eran entregadas a quienes tenían la capacidad económica para comprarlas, a quienes podían costear una campaña y dejar intocados los recursos del partido político o a aquellos que garantizaban una alianza con sectores de otros institutos políticos para hacerse de los votos necesarios y ganar la contienda electoral.

En cualquier supuesto, el «modus operandi» del politiquero, que no político en su estricta acepción, es actuar deliberadamente haciendo gala de su astucia para la intriga, la adulación, la simulación y la traición, a conveniencia. Así, quien aspira a un puesto, no duda en llenar de halagos y presentes a quien tiene el poder de decisión, como tampoco duda en denostar directa o indirectamente a sus adversarios.

Fue así como un oficio tan noble como lo es la política, se redujo a simple grilla y los politiquillos más hábiles se hicieron del control de las decisiones más trascendentes para el país, los Estados y los municipios, creando en el imaginario colectivo la idea de que la política es para gente poco inteligente y oportunista.

Esto ocasionó que los Ejecutivos Municipales; los Congresos Locales y Federales y, en general, la administración pública, estuviera plagada de personas con escasa profesionalización y, consecuentemente, incapacidad para resolver los problemas propios del sector público, lo que generó una creciente insatisfacción de las demandas ciudadanas. Esta misma falta de capacidad fue el caldo de cultivo perfecto para que germinara el vicio más enquistado de la política mexicana: la corrupción.

En estos tiempos de cambio, uno de los más grandes retos es poner fin a la politiquería, redignificar el noble oficio de la política como el arte de generar acuerdos para el bieneo de la población. Si lo que se pretende es un cambio de paradigmas, es necesario comenzar con las formas de hacer política. El pueblo bueno no merece más políticos con «experiencia» a la vieja usanza ni políticos reciclados del viejo régimen, requiere de sangre nueva, gente honesta, con vocación de servicio y conocimiento de la administración pública.

Poner fin a los vicios del viejo régimen, amerita el surgimiento de una nueva clase política, impulsada por quienes tienen el poder de decisión.

Jorge Ignacio Luna Hernández
Abogado de profesión
Regidor Tercero del Ayuntamiento de Coatepec
Maestrante en Administración Pública